Venga,
va. Vamos a ponernos románticos. Y vamos a hablar de algo que los gais tenemos
un poco oxidado: las habilidades de cortejo. Sí, tenemos todos los recursos del
mundo para conseguir sexo pero ¿y un cortejo? Todos sabemos la respuesta aunque
no tenemos muy claras las razones. Tiremos un poco de psicología para intentar
saber por qué...
Un amigo, bastante joven, me
decía “En mi perfil tengo puesto que me gustan los hombres galanes ¡y sólo
me entran señores de más de 65 años! ¿Es que no hay galanes de mi edad?”.
Iniciamos una conversación sobre el cortejo, sobre cómo a todos nos gusta ser
cortejados y sobre lo paradójico que resulta que -pese a ello y a juzgar por
cómo nos quejamos- parece que los gais no somos especialmente dados a cortejar.
¿Por qué será?
¿Antiguo? ¿Pasado de moda? ¿Poco
funcional? ¿Invento de Disney? ¿En serio? Helen Fisher (2004) ha investigado
intensivamente sobre las relaciones sentimentales en los seres humanos y nos
muestra cómo no solamente en todos los lugares del planeta (incluyendo aquellos
donde se celebran matrimonios de conveniencia) sino también en todas las épocas
de la historia ha existido el amor romántico y todo aquello que consideramos
forma parte de él: enamoramiento, cortejo, convivencia (y ruptura). Por otro
lado, el día que me presenten a un teórico de “el amor es un invento de los
grandes almacenes” que no esconda una profunda herida emocional, puede que
empiece a tomarme en serio sus argumentos. Mientras tanto, seguiré apoyándome
en lo que nos dicen las evidencias científicas y las evidencias científicas nos
dicen que los seres humanos, como los primates que somos, nos enamoramos y
cortejamos al igual que lo hacen los demás animales: el pavo real exhibiendo
sus plumas, las ballenas canturreando y los leones frotándose los hocicos. Y en
este sentido es muy interesante saber que las parejas de leones gais también se
frotan los hocicos y se acarician antes de tener sexo. Pero, ¿qué pasa entre
nosotros los gais? ¿Por qué nos quejamos tanto de que no sabemos cortejar?
Yo tengo una hipótesis: no hemos
entrenado. Vale que dicho así suena un poco a broma pero, si me lo permites, te
lo explico. Los heterosexuales entrenan durante la adolescencia. Cuando un
chico hetero llega a la edad de plantearse una relación en serio (supongamos
que hacia los 25 años), ya lleva -como poco- desde los 12 años saliendo con
chicas, tirándoles los tejos, tonteando, quedando, intentando captar su
atención, demostrándole su interés... cortejando. Nosotros no hemos entrenado
en absoluto, al contrario: en la adolescencia nos pasábamos el tiempo luchando
contra nuestro conflicto por ser homosexuales, intentando que nadie se diera
cuenta y teniendo un miedo atroz a que aquel compañero de clase se enterase de que
estábamos enamorados de él. Por otro lado, históricamente, nuestras relaciones
han sido siempre rápidas y furtivas: ir al urinario público, echar un polvo
rapidito y volver pronto a casa con la mujer y los hijos. Esas han sido dos de
nuestras constantes: no demostrar nuestros sentimientos y focalizarnos en el
sexo rápido. Con estos antecedentes ¿quién coño puede aprender a cortejar?
Luego, nuestros espacios de socialización (el ambiente) están muy
focalizados en el sexo: cruising, saunas, cuartos oscuros y sex-clubs, lo que
hace que muchos de nosotros intentemos evitarlos cuando nos planteamos que nos
gustaría conocer a “alguien especial”.
Mi hipótesis puede contrastarse:
si tengo razón, a medida que ser homosexual se normalice y nuestros
adolescentes puedan relacionarse con la misma naturalidad que los heteros,
entonces será más fácil ver a dos chicos cortejándose y este paso será parte de
nuestro proceso de enamoramiento tal como lo es en los heterosexuales. A ver
qué nos dicen las generaciones futuras.
Lo que importa no es dónde lo conoces, sino qué hacéis
después.
Nos metemos con el ambiente y con
lo mucho que focaliza en el sexo, sin embargo siempre está lleno (algo bueno
tendrá). Algunos dicen que es porque no hay más alternativas y otros que porque
-en el fondo- nos encanta el sexo. Como todos los extremos, parte de razón
tiene cada postura (y parte de mentira). Es cierto que los hombres somos muy
sexuales y también es cierto que echamos de menos otras formas de
relacionarnos. Quizá una de las cosas que tengamos que aprender es que los
chats, los bares y las saunas solo ofrecen lo que ofrecen, aprender que los
clubes de solteros gais organizan actividades pero no son una agencia
matrimonial y que si no eres habilidoso en el cortejo, por más que salgas de
excursión con otros cincuenta gais, volverás a casa tal como saliste. Lo que
importa al fin y al cabo no es el contexto en el que conozcas a un hombre, sino
la clase de relación que establezcas con él. Si no te lo curras, no hay nada
que hacer (¿quién te engañó y te dijo que las cosas importantes de la vida
crecen en los árboles?).
Comencemos
por aclarar que cortejo es ese proceso a través del cual dos hombres se van
captando mutuamente la atención hasta el punto de desarrollar un genuino
interés por conocerse mejor con la intención de llegar a una posible relación
sentimental. La función del cortejo -fundamentalmente- es despertar el interés
del otro. Evaluar si sois compatibles o no viene luego (¡durante el noviazgo!).
Personalmente
me sorprende mucho cómo una enormidad de gais se ponen a vivir juntos apenas
pasados dos meses de conocerse. Te dicen cosas como “es que estamos seguros de
lo que sentimos y, además, los dos creemos en la pareja”. ¡Nooooooo! La están
cagando espectacularmente. Si una receta dice que cocines el pollo durante una
hora a 120º y tú lo pones a 240º ¡conseguirás quemar el asado en la mitad de
tiempo! La pareja no se forma por medio de una decisión, la pareja se construye
por medio de un proceso que dura su tiempo y que tiene unos pasos que no te
puedes saltar. Decid que no sois capaces de vivir solos, o que estáis asustados
ante el miedo de que se os pase esta oportunidad. Pero no os engañéis porque
luego, cuando salga mal (que saldrá), le echaréis la culpa a todo menos a vuestra
incapacidad y seguiréis tropezando una vez tras otra contra el mismo obstáculo.
Mejor tomaros vuestro tiempo para interesaros el uno por el otro y disfrutar
del descubrimiento mutuo.
Habitualmente
la cosa es más o menos así: conozco a un hombre en un bar, nos miramos un rato
hasta que uno se acerca e intercambiamos saludos. Si hay química iniciamos una
conversación que puede seguir toda la noche o cortarse para volver con los
amigos. En ese caso, nos damos los teléfonos ahora. También puede ser que salgamos
del bar en dirección a alguna de nuestras casas. Tenemos sexo. Si la cosa ha
ido bien y nos atraemos lo suficiente intercambiamos los números de móvil (ya
no para follar, sino para repetir). Acaba de comenzar el cortejo.
A partir de
aquí iniciamos un proceso a través del cual pretendemos mostrar a ese hombre
que nos interesa y, a la vez, queremos que él se sienta interesado por
nosotros. Hacerlo bien es un arte. A menudo se confunde cortejar con invadir.
Cortejar no significa llamarle cincuenta veces al día, ni entrometerte en su
vida, ni buscarlo en todas las redes sociales y en todas las webs de perfiles.
Cortejar no significa inundar su bandeja de entrada de correo. Cortejar es ir
calibrando la intensidad de nuestras aproximaciones según el impacto que hemos
logrado en su interés por nosotros.
Si piensas
que cortejar significa hacerte el estrecho (como sinónimo de “interesante”)
mejor deja de ver culebrones. Los gais no damos al sexo esa trascendencia que
le dan las parejas heterosexuales. Los gais, aunque parezca paradójico, a lo
que damos verdadera trascendencia es a entregar el corazón. Lograrlo sí que
necesita de un verdadero cortejo y haber demostrado que somos ese hombre a cuyo
lado él sería feliz. Tendrás que aprender a distinguir entre el interés por
follar contigo y el interés por conocerte a ti ¿Por qué pensabas que era tan
complicado?
El cortejo
empieza detrás del primer (o cuarto) polvo. Cuando quedamos para ir a tomar un
café y hablar de otras cosas. Empieza cuando nos hacemos reír, cuando
encontramos coincidencias en nuestras aficiones, cuando él nos habla de su vida
y nos parece un luchador admirable o un hombre tierno y entrañable. Aún a
riesgo de generalizar en exceso, diré que en los heterosexuales el cortejo
acaba cuando se meten en la cama. En los gais el cortejo comienza en el preciso
momento en que salimos de ella.
¿Cómo se corteja?
Me siento un poco lerdo porque
acabo de formular una pregunta que no sé contestar (;P) y que uso como excusa
para decir aquello de “cada uno lo entiende a su manera conforme a las
experiencias que ha tenido a lo largo de su vida... no hay dos cortejos
iguales...”. Pero como tú estás leyendo este artículo para que yo te explique
algo y no para que me haga el listo, trataré de dar un par de claves generales
que puedan ofrecerte pistas para tu propio estilo. Parte de la idea de que,
durante el cortejo, lo que hacemos es ir manteniendo el buen humor del otro
mientras fomentamos su interés por nosotros y así poder ir compartiendo
nuestros mundos individuales hasta ir creando un mundo compartido hecho de la
intersección de nuestras vidas. O sea: que se trata de que sin renunciar a
nuestra vida, sin que él renuncie a la suya, queramos estar juntos y pasarlo
bien para que vaya surgiendo una relación en la que ambos nos sintamos
implicados y comprometidos. El cortejo está hecho de dos ingredientes
fundamentales: detalles y comunicación.
Detalles.
Vas a trabajar, son las 7:30 de
un jueves. Al pasar por el buzón ves una cosa dentro ¿con lacitos? Lo abres y
es un envoltorio de regalo. Tiene la forma de un cd, lo abres y es “Make it
big” de Wham. Te quedas muerto porque el pasado domingo estuvísteis hablando de
vuestras adolescencias y de que tú estabas enamorado de George Michael y tenías
todos sus discos incluso de cuando estaba en el dúo con Andrew Ridgeley pero
que -como eran vinilos- ya no puedes escucharlos. Sí, vale que te los puedes
descargar en tu iPod pero ¿y el detalle de haberse recorrido las tiendas de
discos antiguos buscando la edición en cd? Te acaba de decir que le importas,
que presta atención a las cosas que le cuentas, que está dispuesto a dedicar
parte de su tiempo a molestarse por ti... y que quiere que vayas a trabajar con
una sonrisa en la boca en lugar de con lagañas en los ojos. Anoche estuvo dejando
el disco en tu buzón sin decirte nada solo porque así tú te llevarías esta
sorpresa. Esos son los detalles que enamoran: ni el más caro ni el más bello
sino el que más interés demuestra.
Los detalles
que funcionan surgen de las conversaciones (como lo del disco de Wham) porque
transmiten el mensaje de “te escucho atentamente porque me importas y porque lo
que estoy descubriendo en ti me gusta”.
También es
importante que los detalles sean desinteresados. Aunque todos sepamos que -en
el fondo- buscamos lo que buscamos, crear una atmósfera de generosidad ayuda al
enamoramiento. Eso sí, si no te sientes correspondido y él no reacciona ante tu
tercer “me gustan los hombres detallistas” mejor no le cojas más el teléfono
porque -probablemente- sus dos neuronas estén peleadas entre sí y el hombre no
dé para más (que el señor nos libre de las divas). El amor desequilibrado,
donde uno pone a cambio de nada, no es amor: es dependencia. Si no te sientes
correspondido háblalo y/o rompe la relación pero no uses los detalles como
chantaje emocional. Es penoso... y a la larga no funciona.
No olvides
que los detalles que funcionan son los detalles que halagan. Si le regalas un
bono para clases de fitness no estás siendo galante, le estás llamando gordo en
toda su cara. Mucho mejor una corbata que haga juego con sus ojos para cuando
salgáis a cenar ensalada (a ver si lo pilla).
Las
relaciones no se dan porque sí, se construyen. Nunca una relación funciona bien
sin dedicación y esfuerzo. Los detalles son la muestra de la dedicación y
ayudan a generar los buenos recuerdos que (incluso por encima de la
comunicación, como dice Gottman) son la verdadera esencia de una buena
relación. Es muy fácil amar a un hombre detallista. Si para ti los detalles son
importantes, tenlos. Será la manera de expresar que ésas son las reglas con las
que quieres jugar el juego de vuestra convivencia. Tener detalles es un hábito
que se adquiere y siempre estamos a tiempo para adquirir este hábito. Si no
acostumbras, plantéate muy en serio aprender a tener detalles. Serás mejor
hombre porque aprenderás a ser un hombre generoso y que cuida a las personas que
tiene cerca. Solo por eso ya merece la pena. Si encima entrenas tu capacidad de
galanteo y hasta llegas a construir una bonita relación ¡ya ni te cuento!
Comunicación.
Tener detalles, no obstante, no
es suficiente si falla la comunicación entre vosotros. Es más, hasta puede ser
contraproducente porque si hay una contradicción entre lo que se supone que
ocurre (que te interesa) y lo que ocurre realmente (que no te interesa una
mierda porque no le haces ni puto caso cuando te habla) cuando menos resultará
sospechoso. Si no te interesa de verdad sé honesto y no disfraces de galantería
tus ganas de “acostarte con él y punto”. Si él te interesa de verdad,
seguramente vuestra comunicación será fluida aunque yo -de cualquier modo-
remarcaré algunos puntos importantes a la hora del cortejo.
Vaya por
delante que, cuando hablo de comunicación, no me estoy refiriendo a esas
técnica huecas de esos “counsellors de pareja” que pululan por ahí y que se
dedican a entrenar en habilidades de escucha activa sin llegar a la profundidad
del asunto cuando hay un conflicto. Cuando digo comunicación en este artículo
me estoy refiriendo al hecho de abrirse al otro para poder conocerse y comenzar
a construir una posible relación.
El primer
error que tienes que eliminar de tu cortejo es el de mostrar solamente tu parte
buena. No hay nada más sospechoso que un hombre sin defectos. Si él es un
hombre con sentido común sabrá que todos tenemos luces y sombras. Seguramente
hasta habrá asumido las suyas y esperará conocer las tuyas para poder hacer lo
mismo. Si te empeñas en aparentar ser perfecto por aquello de cortejarle, puede
que te quedes a dos velas. También te puedes encontrar con que él espere
encontrarse con un “príncipe azul inmaculado”. En es caso, ¡sal corriendo ahora
mismo! ¡Este hombre vive en otro planeta!
Sé asertivo. La asertividad es un estilo de comunicación (defender la posición propia sin agredir al otro) ni dejarse avasallar por él así que si de comunicar se trata, comunica bien. Te propongo una metáfora: eres su anfitrión y él llega a tu casa. Le abres tus puertas, le permites entrar a cada habitación, comentáis la decoración, le sirves los vinos de tu bodega (bueno, de la despensa), le permites que se sirva de la nevera, que use tu bañera, le dejas sentirse como en su propia casa. Si él es un buen huésped cuidará de tu casa como de la suya y hasta te ayudará a limpiar y cocinar. Pero si él es un aprovechado o se dedica a deteriorar tu casa rompiendo tus muebles, no tendrás reparo en echarlo a patadas si es necesario. Pues eso, en el cortejo uno abre su mundo interior al otro y le permite conocerlo hasta el mínimo detalle. Uno da por hecho que ha sabido elegir bien a quién entrega las llaves de su alma pero si uno se ha equivocado, le muestra al otro el camino fuera de su vida. Y punto.
A menudo los
gais nos equivocamos escondiendo nuestros sentimientos por temor a que
mostrarlos nos haga vulnerables. Pero lo cierto es que hace falta mucho valor
para mostrar la vulnerabilidad de uno mismo y que no hay nada más sexy que
tener ante ti un hombre valiente que se descorre la camisa para mostrarte el
corazón y decirte “si me hieres aquí me dolerá mucho, pero no pienso esconder
cuánto me gustas. ¿Vienes?”
Cortejar
supone poner todo tu empeño en mostrarle a ese otro hombre lo orgulloso que
puede sentirse de ti. Supone hacerle ver lo mucho que le excitas, lo mucho que
disfruta del tiempo que pasa a tu lado. Cortejar supone hacerle ver que está
deseando conocerte mucho mejor.
A partir de
aquí surge el noviazgo, donde dos hombres exploran sus características para
evaluar si funcionarían juntos. En este sentido es bueno recordar que no
existen estándares de hombre ideales, sino compatibilidades entre dos novios:
lo que con unos funciona, con otros es un desastre. Recuerda que las personas
no nos definimos por listados de características sino por continuos entre dos
puntos y en esos puntos medios es donde debemos buscar nuestra compatibilidad.
¿Él es un urbanita al que le gusta salir al campo los fines de semana? ¿Le
gusta el sexo muy cañero y a la vez es un romántico que baila boleros? Todos
tenemos este tipo de paradojas porque nadie está en el extremo de nada. Entre
dos polos opuestos, la mayoría de nosotros nos movemos en algún punto
intermedio. ¿Su punto intermedio es similar al tuyo? ¿Son compatibles? En la
vida nunca se trata de elegir entre mar y montaña, sino de decidir cuántas
veces vamos al mar y cuántas a la montaña. No es que seamos contradictorios, es
que -en el ser humano- no existen los extremos (bueno, sí: pero son
patológicos).
Por Gabriel J. Martín.
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